Kaliningrado y el brutalismo soviético

La arquitectura en los países del bloque comunista durante la segunda mitad del siglo XX se basó en un estilo con raíces en entre otros  Le Corbusier, conocido como el brutalismo. El término no procede realmente de brutal, aunque cuadre perfectamente, sino que procede de la expresión francesa "béton brut", es decir, "hormigón crudo". Lo podemos definir de forma muy simplista como edificios de formas geométricas repetitivas, generalmente con hormigón a vista (aunque también ladrillo, yeso, cristal, piedra...), y normalmente con las texturas del molde empleado a la vista. 

Es característico de los regímenes comunistas, debido a que no se distraen en la decoración y lo que se podría considerar vanidad, sino que nos muestran el material tal cual es. Y cuando uno está en una ciudad de arquitectura brutalista, no puede evitar pensar en que está en una ciudad fea. Especialmente cuando uno se encuentra en el oblast de Kaliningrado, un exclave (es decir, una parte del país fuera de sus fronteras unificadas) ruso en el mar báltico entre Polonia y Lituania, que previamente había sido capital de Prusia Oriental, conocida como Königsberg y con una característica arquitectura alemana. Algo parecido a lo que piensas cuando ves un edificio de El Corte Inglés, clásico edificio brutalista en España, pero en masivo. Veamos un poco.



Como hemos comentado, y como puedes ver en la foto que hay más arriba, Königsberg era la capital de la Prusia Oriental, lugar de nacimiento y muerte del filósofo Immanuel Kant, y tenía la característica arquitectura prusiana, de la que podemos destacar el castillo de la ciudad. Tras la Segunda Guerra Mundial, Königsberg quedó bajo control ruso, y se cambió el nombre de la ciudad en honor a Kalinin, uno de los líderes de la Revolución Rusa en sus inicios. Las autoridades soviéticas se encontraron con una ciudad destruida en un 70% por los combates que había habido allí. Entre otros, se encontró semiderruido el castillo, y los habitantes pensaron en reconstruirlo (como hicieron en la polaca y vecina Gdansk, antes Danzig) y montar un museo de historia de la ciudad. Craso error.

Las autoridades soviéticas se negaron a tener un museo que ensalzara el militarismo prusiano (para ellos principal causa de la guerra) y decidieron construir sobre las ruinas del castillo la Casa de los Soviets, un edificio que nunca se terminó y que hoy en día los habitantes de Kaliningrado conocen como "La casa de la cara de robot", algo que puedes entender viendo la foto inferior. Pero que aún y así consideran símbolo de la ciudad.



Si vemos la foto más arriba del castillo y la de la Casa de los Soviets, lo único que nos queda plantearnos es "¿qué ha pasado?". Pues bien, pasó el brutalismo soviético. Y no solo en el caso del castillo, del cual hoy todavía podemos visitar sus ruinas, sino por ejemplo en el caso de todas las casas que fueron tiradas para construir "khrushchyovkas", bloques gigantescos de viviendas que reciben ese nombre por el presidente Khruschev. O las iglesias. Por ejemplo, la iglesia conocida como Lutherkirche fue demolida en 1976 y hoy en su lugar hay un hotel.



Feo, ¿verdad? Pues es posible, pero también es cierto que una ciudad como Kaliningrado tiene un encanto que no tienen otras ciudades más al uso occidental. Y además, no todo está perdido: los soviéticos no derribaron la catedral debido a que guardaba la tumba de Kant, y con la caída del bloque comunista, fue reconstruida y hoy es perfectamente visitable. Y es que cuando alguien ve de cerca el brutalismo no puede evitar plantearse la duda entre arte o practicidad. Y bueno, no todo el brutalismo es feo. Por ejemplo, el monumento al Fuerte Noveno, en Kaunas (Lituania) es indudablemente espectacular:



¿Y tú qué opinas? ¿Arte o practicidad? ¿Te resulta feo el brutalismo o le encuentras un algo especial? ¡Coméntanoslo en nuestro Facebook!

 

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